SANTA TERESITA DESCUBRE SU VOCACIÓN EN LA IGLESIA (2 de 3)
Jesús, no puedo ir más allá en mi petición,
temería verme aplastada bajo el peso de mis audaces deseos. La única excusa que
tengo es que soy una niña y las niñas no piensan en el alcance de sus
palabras. Sin embargo, sus padres cuando ocupan un trono y poseen
numerosos tesoros, no duda en satisfacer los deseos de esos pequeñajos a los
que aman tanto como a sí mismos, por complacerlos hacen locuras y hasta se
vuelven débiles, Pues bien, yo soy la HIJA de la Iglesia y la Iglesia es Reina,
pues es tu Esposa, oh, divino Rey de los reyes.
Si lo que él pide es el amor. No sabe más que una cosa: amarte Jesús. ¿Pero,
cómo podrá él demostrar su amor si es que el amor se demuestra con obras? Pues
bien, el niño arrojará flores, aromará
con sus perfumes el trono real, cantará con su voz argentina el cántico
del amor. Arrojar flores es no dejar escapar ningún pequeño sacrificio, ni una
sola mirada, ni una sola palabra, aprovechando hasta las más pequeños cosas y
haciéndolas por amor. Cantaré aun cuando tenga que coger las flores entre las
espinas y tanto más melodioso será mi canto cuanto más largas y punzantes sean
las espinas, y todo esto te fascinará, Jesús.
Sonriente por estas naderías la
Iglesia triunfante recogerá esas flores deshojadas por amor y las pasará por
las divinas manos de Jesús y luego esa Iglesia del cielo arrojará esas
flores, que habrán adquirido a su toque divino un valor
infinito sobre la Iglesia sufriente para apagar sus llamas y las arrojará
también sobre la iglesia militante para hacerla alcanzar la victoria.
¡Jesús mío, te amo! Amo a la
Iglesia, mi Madre. Recuerdo que el más pequeño movimiento de un puro amor es
más útil a la Iglesia que todas las demás obras juntas. Recuerda porque es un
dicho de san Juan de la Cruz (CE 29,2).
¿Pero hay de verdad puro amor en mi
corazón? Mis inmensos deseos ¿no serán un sueño, una locura?¡Ay! si así
fuera, dame luz tú, Jesús. Tú sabes que busco la verdad… Si mis deseos son
temerarios, hazlos tú desaparecer, pues estos deseos son para mí el mayor de
los martirios.
Así, pues, déjame gozar durante mi
destierro las delicias del amor. Déjame saborear las dulces amarguras de
mi martirio.
Jesús, Jesús, si tan delicioso es el deseo
de amarte ¿qué será poseer al amor, gozar del amor?
¡Oh, Jesús, mi primer y único amigo, el
ÚNICO a quien yo amo! dime qué misterio es este. ¿por qué no reservas estas
aspiraciones tan inmensas para las almas grandes, para las águilas que se
ciernen en las alturas? Y Yo me considero un débil pajarito, cubierto
únicamente de un ligero plumón. Yo no soy un águila, solo tengo de águila los
ojos y el corazón, pues, a pesar de mi extrema pequeñez, me atrevo a mirar
fijamente al Sol divino, al Sol del Amor, y mi corazón siente en sí todas
las aspiraciones del águila. Y dedica
tres páginas al débil pajarito.
¿Qué será de él? ¿Morirá de pena al verse
tan impotente? No, no, el pajarito no se desconsolará. Con audaz abandono,
quiere seguir con la mirada fija en su divino Sol. Nada podrá asustarlo, ni el
viento ni las lluvias ni las oscuras nubes. Si estas llegaran a ocultar al Astro
del amor, el pajarito no cambiará de lugar, porque sabe que más allá de las
nubes su Sol sigue brillando y que su resplandor no puede eclipsarse ni un
instante.
Si le embiste la Tormenta y no le parece
que puede existir más que las nubes que lo rodean, esa es la hora de la alegría
perfecta para ese pobre y débil ser. ¡Qué dicha para él seguir allí, a
pesar de todo, mirando fijamente a la luz invisible que se oculta a la fe!
Dice a continuación, cómo el pajarito acaba
distrayéndose un poco de su único quehacer, se entretiene con estas bagatelas
de la tierra: coge un granito acá y allá, corre tras un gusanito…, luego
encontrando un charquito de agua, moja en él sus plumas apenas formadas; ve una
flor que le gusta y su espíritu débil se entretiene con la flor.
Sin embargo, el pajarito en vez de ir a
esconderse en un rincón para llorar su miseria y morirse de arrepentimiento se
vuelve hacia su amado Sol. Expone a sus rayos bienhechores sus alitas mojadas,
gime como una golondrina y, en su dulce canto, confía y cuenta detalladamente
sus infidelidades, pensando, en su temerario abandono, adquirir así un mayor
dominio, atraer con mayor plenitud el amor de Aquel que no vino a buscar a
los justos sino a los pecadores.
Y si el Astro adorado no da señales
de vida, entonces el pajarito seguirá allí mojado, aceptará estar aterido
de frío, y seguirá alegrándose de sus sufrimientos que en realidad ha merecido.
Otra debilidad del pajarito cuando quiere
mirar fijamente al Sol divino y las nubes no le dejan ver ni un solo
rayo: a pesar suyo, sus ojitos se cierran, su cabecita se esconde bajo el
ala y el pobrecillo se duerme creyendo seguir mirando fijamente a su Astro
querido.
Pero al despertar no se desconsuela, su
corazoncito sigue en paz, se encomienda a sus santos que se elevan como
águilas hacia el Foco devorador, objeto de sus anhelos, y las águilas,
compadeciéndose de su hermano, le protegen y defienden y ponen en fuga a los
buitres que quisieran devorarlo.
Águila eterna, tú quieres alimentarme con
tu sustancia, divina, a mí, pobre e insignificante ser que volvería a la
nada si tu mirada divina no me diese la vida a cada instante.
P. Román Llamas ocd.

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