SANTA TERESITA DESCUBRE SU VOCACIÓN EN LA IGLESIA (1 de 3)
El relato del descubrimiento de su
vocación en la Iglesia es una de las páginas más inspiradas, más
vehementes y llameantes de la Santita. Es su corazón encendido en deseos
infinitos. Es un amor absoluto, y total, iluminando y animando de ansias
insaciables, que no dan lugar al reposo,
Son páginas del Manuscrito B, esa especie
de carta larga escrita por santa Teresita a su hermana María del Sagrado
Corazón a petición de la misma. Es un documento maravilloso en el que la
Santita descube todo lo que es.
Ser tu esposa, Jesús, ser carmelita, ser
por mi unión contigo madre de almas, debería bastarme. Pero no es así.
Ciertamente estos tres privilegios son la esencia de mi vocación:
carmelita, esposa, madre.
Sin embargo, siento en mi interior otras
vocaciones, siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de apóstol, de
doctor, de mártir. En una palabra, siento la necesidad, el deseo de realizar
por ti, Jesús, las más heroicas hazañas. Siento en mi alma el valor de un
cruzado, de un suave pontificio.
Quisiera morir por la defensa de la Iglesia en un campo de batalla.
Siento en mí la vocación de sacerdote ¡Con
qué amor, Jesús, te llevaría en mis manos cuando al conjuro de mi voz bajaras
del cielo…! ¡Con qué amor te entregaría a las almas!
¡Oh, Jesús, amor mío, mi vida…! ¿cómo
hermanar estos contrastes? ¿Cómo convertir en realidad los deseos de mi
pobrecita alma?
Sí, a pesar de mi pequeñez quisiera
iluminar a las almas como los profetas y como los doctores.
Tengo vocación de apóstol… Quisiera
recorrer la tierra, predicar tu nombre y plantar tu cruz gloriosa en suelo
infiel. Pero, Amado mío, una sola misión no me hubiera bastado a mí Quisiera
predicar el Evangelio al mismo tiempo en las cinco partes del mundo y hasta en
las islas más remotas. Quisiera ser misionera no solo durante algunos años,
sino haberlo sido desde la creación del mundo y seguirlo siendo hasta la
consumación de los siglos.
Pero, sobre todo y por encima de todo,
amado Salvador mío, quisiera derramar por ti hasta la última gota de mi sangre.
¡El martirio! ¡El sueño de mi juventud! Un
sueño que ha ido creciendo conmigo en los claustros del Carmelo…Pero siento que
también este sueño mío es una locura; pues no puedo limitarme a desear una sola
clase de martirio… Para quedar satisfecha, tendría que sufrirlos todos…
Como tú, adorado Esposo mío. quisiera ser
flagelada y crucificada…Quisieras ser desollada, como san Bartolomé…Quisiera
ser sumergida, como san Juan, en aceite hirviendo… Quisiera sufrir todos
los suplicios infligidos a los mártires…Jesús, Jesús, si quisiera poner por
escrito todos mis deseos, necesitaría que me prestaras tu libro de la vida,
donde están consignadas las hazañas de todos los santos, y todas esas hazañas
quisiera realizarlas por ti…
Como estos mis deseos me hacían sufrir
durante la oración un verdadero martirio, abrí las cartas de san Pablo con
el fin de buscar una respuesta. Y mis ojos se encontraron con los capítulos 12
y 13 de la primera carta a los corintios…en los que tan admirablemente habla el
apóstol de la caridad.
Leí en el primero que no todos pueden ser
apóstoles o profetas o doctores, etc…; que la Iglesia está compuesta de
diferentes miembros, y que el ojo no puede ser al mismo tiempo mano.
Al igual que Magdalena, inclinándose sin
cesar sobre la tumba vacía, acabó por encontrar lo que buscaba, así también yo,
abajándome hasta las profundidades de mi nada, subí tan alto que logré alcanzar
mi intento.
Seguí leyendo sin desanimarme y esta frase
me reconfortó: “Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un
camino inigualable”. Y el apóstol va explicando cómo lo mejores carismas
nada son sin el amor…Y que la caridad es ese camino inigualable que conduce a
Dios con toda seguridad.
Podía por fin descansar. La caridad me dio
la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tiene un cuerpo compuesto
de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más noble de
todos ellos. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón
estaba ardiendo de amor.
Comprendí que solo el amor podía hacer
actuar a los miembros de la Iglesia, que si el amor llegaba a apagarse, los
apóstoles ya no anunciarían el Evangelio y los mártires se negarían a derramar
su sangre.
Comprendí que el amor encerraba en sí
todas vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los
tiempos y lugares… En una palabra, ¡que el amor es eterno! Este descubrimiento la saca de sí y exclama: “Entonces
al borde de mi alegría delirante exclamé: ¡Jesús, amor mío…, al fin he
encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor…!
Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia,
y ese puesto, Dios mío, eres tú quien me lo ha dado… En el corazón de la
Iglesia, mi Madre, yo seré el amor… Así lo seré todo… ¡¡¡Así mi sueño se verá
hecho realidad…!!!”
Reflexionando en la situación en que está
se da cuenta que la palabra que ha usado no es la apropiada: ¿Por qué hablar
de alegría delirante? No, no es esta la expresión justa, Es, más bien, la paz
tranquila y serena del navegante al divisar el faro que ha de conducirle
al puerto… ¡Oh faro luminoso del amor, yo sé cómo llegar hasta ti! He
encontrado el secreto para apropiarme tu llama.
Y ese secreto es su impotencia y
debilidad, su nada. “No soy más que una niña, impotente y débil, Sin
embargo, es precisamente mi debilidad la que me da la audacia para ofrecerme
como víctima a tu amor ¡oh Jesús! A la ley del temor del A. Testamente ha
sucedido la ley de amor y el amor me ha escogido a mí, débil e imperfecta
criatura, como holocausto ¿No es esta una elección digna del amor…? Sí, para
que el amor quede plenamente satisfecho, es preciso que se abaje hasta la
nada y que transforme en fuego esa nada.
Lo sé, Jesús, el amor solo con amor se
paga. Por eso, he buscado y hallado la forma de aliviar mi corazón
devolviéndote amor por amor.”
Así sigue varias páginas más, de las que
voy a escoger algún párrafo: “Os suplico, pues, bienaventurados moradores
del cielo, os suplico que me adoptéis por hija. Solo vuestra será la
gloria que me hagáis adquirir, pero dignaos escuchar mi súplica. Ya sé que es
temeraria, sin embargo, me atrevo a pediros que me alcancéis vuestro
doble amor.”
P. Román Llamas ocd.

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