INTELIGENCIA EN PROFUNDIDAD DE TEXTOS BIBLICOS DE LA CARIDAD. SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS (4 de 4)


Para no perder el tiempo quiero ser amable con todas (y especialmente con las hermanas menos amables) por agradar a Jesús y seguir el consejo que Él nos da en el Evangelio poco más o menos en estos términos: Cuando des un banquete, no invites a los parientes ni a tus amigos, porque correspondería invitándote y así quedarás pagado. Invita a pobres, cojos, paralíticos; dichoso tú, porque no pretenden pagarte.

¿Y qué banquete puede ofrecer una carmelita a sus hermanas sino un banquete espiritual compuesto de caridad atenta y gozosa? Yo no conozco ningún otro y quiero imitar a san Pablo que se alegraba con los que estaba alegres. Es cierto que también lloraba con los tristes, y que las lágrimas han de aparecer también algunas veces en el banquete que yo quiero servir; pero siempre intentaré que al final esas lágrimas se conviertan en alegría, pues el Señor ama a los que dan con alegría.

Y cuenta a continuación el ofrecimiento que hizo de llevar al refectorio a sor san Pedro, una hermana muy difícil de contentar. Me costaba mucho ofrecerme para prestar ese pequeño servicio. Sin embargo, no quería perderme una ocasión tan hermosa de practicar la caridad, recordándome lo que Jesús había dicho: Lo que hagáis al más pequeño de los míos, a mí me lo hacéis. Un poco más adelante dice: Cuando llevaba a la hermana sor san Pedro lo hacía con tanto amor que no hubiera podido hacerlo mejor si hubiera tenido que llevar al mismo Jesús. Me ofrecí con humildad y puse mano a la obra y fue tanta mi buena voluntad, que el éxito fue completo.

Cuando ella me indicaba que era momento de empezar, con todo lo que me costaba iba inmediatamente y a continuación comenzaba una verdadera ceremonia. Sobre todo, no había que ir de prisa. Iba detrás de la enferma sosteniéndola por la cintura; yo lo hacía con toda la suavidad posible; pero si, por desgracia, daba un paso en falso, le parecía que la sostenía mal y que se iba a caer, ¡Dios mío, vas demasiado de prisa, voy a romperme la crisma! Si trataba de ir más despacio: ¡prosígueme, no siento tu mano, me has soltado, me voy a caer! Ya decía yo que tú eras demasiado joven para acompañarme.

Por fin llegamos al refectorio. Allí surgían otras dificultades. Había que sentarla y actuar hábilmente para no lastimarla; luego había que recoger las mangas (también de una manera determinada) y entonces ya quedaba libre para marcharme. 

Con sus pobres manos deformadas, echaba el pan en la escudilla como mejor podía. No tardé en darme cuenta de ello y ya ninguna tarde me iba sin haberle prestado este pequeño servicio. Como ella no lo había pedido, le conmovió mucho y gracias a esa atención, me gané por completo sus simpatías, y sobre todo (lo supe más tarde) porque después de cortarle el pan, le dirigía antes de marcharme mi más hermosa sonrisa (Ibdem 28v-29v, p. 313-315).

No, la práctica de la caridad no ha sido siempre tan dulce, como acabo de decirle Madre. Para demostrárselo, voy a contarle algunos pequeños combates que seguramente le harán sonreír.

Durante mucho tiempo en la oración de la tarde, yo me colocaba delante de una hermana que tenía una curiosa manía. En cuanto llegaba esta hermana se ponía a hacer un extraño ruido, parecido al que se hace frotando dos conchas. Solo yo lo notaba, pues tengo un oído extremadamente fino.

Imposible decirle, Madre, cómo me molestaba aquel ruidito. Sentía unas ganas enormes de volver la cabeza y mirar a la culpable, que seguramente no se daba cuenta de su manía. Era la única manera de hacérselo ver. Pero en el fondo del corazón sentía que era mejor sufrir aquello por amor de Dios y no hacer sufrir a la hermana.

Pero a la vez que sufría buscaba la manera de hacerlo sin irritarme, sino con alegría y paz al menos allá en lo íntimo de alma. Trataba de amar aquel ruidito tan desagradable en vez de procurar no oírlo (lo cual era imposible), centraba toda mi atención en escuchar bien como si se tratara de un concierto maravilloso y pasaba toda la oración (que no era precisamente de quietud) ofreciendo aquel concierto a Jesús.

En otra ocasión, en la lavandería, tenía enfrene de mí a una hermana que cada vez que golpeaba los pañuelos en la tabla de lavar, me salpicaba la cara de agua sucia. Mi primer impulso fue echarme hacia atrás, secarme la cara con el fin de hacer ver a la hermana que me estaba asperjando, que me haría un gran favor si ponía más cuidado. Pero enseguida pensé que sería bien tonta si rechazaba unos tesoros que me ofrecían con tanta generosidad, y me guarde bien de manifestar mi lucha interior. Me esforcé todo lo que pude por desear recibir mucha agua sucia, de manera que acabé por sacarle verdadero gusto a aquel nuevo tipo de aspersión e hice el propósito de volver otra vez a aquel venturoso sitio en el que tantos tesoros se recibían (Ibidem 30r-31r, p. 316-317).

En las Últimas Conversaciones hay algunos ejemplos de caridad de santa Teresita, Abrevada de sufrimientos corporales y espirituales -sigue en la prueba de la fe- la enferma da muestras de una alegría y de un humor desconcertantes, con sus palabras y gestos logra distraer y hacer sonreír a los que lloran su muerte inminente.

Purificada y liberada por años enteros de fidelidad al Amor Misericordioso, que se ha abajado hasta ella, como hija de la Iglesia que es, Teresa ofrece todos sus sufrimientos por las almas, especialmente por las de los pecadores y ateos, con los que sigue compartiendo el pan del dolor, sentada voluntariamente con ellos en la mesa de la amargura (MC 6r, p. 278-79).

Uno de los ejemplos puede ser este: Santa Teresita está enferma en su habitación. Una de las enfermeras la había dejado durante todo el tiempo de Vísperas expuesta a una corriente de aire. Teresa le haba hecho señas de que cerrase la puerta. En lugar de entenderlo así, la enfermera creyó que la enferma pedía una manta y se la puso sobre los pies. Teresa trató de hablar, pero respiraba con tanto ahogo, que tampoco pudo hacerse comprender y la buena de la hermana le trajo otra manta, una almohada, etc. creyendo que tenía frío. La pobrecita se asfixiaba, pero ya no trató de seguir explicándose.

Al volver de Vísperas, sor xxx, al darse cuenta de la corriente de aire y del ahogo de la mansa enferma bajo el peso de todas aquellas mantas, expresó en voz alta su enojo. Vino nuestra Madre y pidió una explicación a sor Teresa del Niño Jesús, quien en esta ocasión había dado pruebas de caridad y de paciencia (Últimas Conversaciones. 6.8.7, p. 860).

Estas páginas que escribe en su enfermedad las escribe en unas circunstancias en que gozaba de poca tranquilidad. Ella misma dice: “Estoy contenta, No ofendo en nada a Dios durante mi enfermedad. Hace un momento estaba escribiendo sobre la caridad (en el cuaderno de mi vida y con mucha frecuencia han venido a interrumpirme las hermanas y entonces he procurado no impacientarme y poner en práctica lo que escribía” (Últimas conversaciones)

Y la Madre Inés a su vez escribe: “Cuando ella me preguntó qué era lo que tenía que escribir de sus recuerdos, yo la contesté: Hablad de las novicias, de nuestros hermanos misioneros, etc. Y ella me respondió: “Me parce bien, pero yo tengo otra cosa mucho más importante sobre qué escribir, es sobre la caridad fraterna ¡tengo tantas luces sobre ese tema! Desgraciadamente la importunaban mucho mientras escribía: las novicias, las enfermeras la importunaban sin cesar, me dijo luego: Todo lo que he escrito está muy embarullado. En fin, Dios suplirá, él sabe que no he gozado de sosiego alguno, el pondrá la gracia donde yo no he podido hablar con claridad (Últimas Conversaciones p. 373).

Es una interpretación espiritual y práctica que encaja plenamente en las sentencias que a modo de metáforas dijo Cristo un día y aplicaciones que en plenitud encierran los textos. Son la luces que ha recibido sobre la caridad fraterna al contacto con el Cristo personal y evangélico que recuerda al menos en tres ocasiones, que inundan de paz su alma, hecha para amar (MC 16r, p. 294; 23v, p. 305; 24v, p. 307).

Tenemos aquí un caso de exégesis por la vía del amor, de la connaturalidad sobrenatural. Por la comprensión interna de los misterios que se viven, que dice el Concilio Vaticano II. El amor deseando y buscando al Amado y la fe creyendo en el misterio de ese Ser lo llevan a descubrirlo. El Cristo con sus infinitas virtualidades oculto en el misterio de la Biblia y de los Evangelios se va descubriendo a la fe y al amor. Es como una experiencia y palpación espiritual del misterio Crístico de las Escrituras, Es cierto que en muchas ocasiones se trata de meras acomodaciones, pero cuando el lector santo e inflamado de amor da con el sentido literal de un texto va mucho más lejos que los mejores exégetas. Es el caso de san Juan de la Cruz cuando habla del hombre viejo y del nuevo (CE, c. 26, n. 14-17)), de santa Teresa de Jesús cuando habla de Cristo: Vida, Puerta, Luz, Camino. “Dirán que se de otros sentid a esas palabras. Yo no sé de esotros sentidos; con este que siempre siente mi alma me ha ido muy bien” (6M c.7, n. 6); y de santa Teresita cuando habla de la caridad al prójimo, interpretando el mandamiento nuevo de Jesús del amor a los demás. 

 

P. Román Llamas, ocd. 11 de septiembre de 2022

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