INTELIGENCIA EN PROFUNDIDAD DE TEXTOS BIBLICOS DE LA CARIDAD. SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS (2 de 4)
“Hasta aquí solo he hablado de lo
exterior. Ahora quiero decirle corno entiendo yo la caridad puramente
espiritual. - y nos explica corno puede ser esto-.
Estoy segura, Madre, de que no tardaré en
mezclar una con otra. Pero corno es a usted a quien hablo, sé que no le será
difícil captar mi pensamiento y desenredar la madeja de su hija. No siempre es
posible en el Carmelo practicar al pie de la letra las enseñanzas del
Evangelio. A veces una se ve obligada en razón de su oficio a negarse a hacer
un favor. Pero cuando la caridad ha echado hondas raíces en el alma, se
manifiesta al exterior. Hay una forma tan elegante de negar lo que no se puede
dar que la negativa agrada tanto corno el mismo don. Es cierto que cuesta mucho
pedir un favor a una hermana que no está siempre dispuesta a complacernos. Pero
Jesús dijo: al que te pide prestado no lo rehúyas. Así, pues, no debemos huir
de las hermanas que tienen la costumbre de estar siempre pidiendo favores., con
el pretexto de que tendremos que negárselos. Ni debemos tampoco ser serviciales
por parecerlo, o con la esperanza de que en otra ocasión la hermana a la que
ahora ayudamos nos devolverá el favor, pues Nuestro Señor nos dice también: Y
si prestáis, a aquellos de los que esperáis recibir. ¿Qué mérito tenéis?
También los pecadores prestan a otros pecadores con intención de cobrárselo.
No, vosotros prestad sin esperar nada y tendréis un gran premio” (Ibidem. 18r, p.
296-97).
Madre, Jesús ha concedido a su hija la
gracia de penetrar en las profundidades misteriosas de la caridad. Si ella
pudiese expresar todo lo que se le ha dado a entender, usted escucharía una
melodía de cielo. Con estas palabras comienza el capítulo XI del manuscrito C.
Los pensamientos que vienen directamente
de Dios, las intuiciones de la inteligencia y del corazón los pensamientos
profundos son una riqueza a la que solemos apegarnos como a un bien propio que
nadie tiene derecho a tocar... Y así si comunicamos a una hermana alguna luz
recibida en la oración y esta hermana la expone corno si la hubiese pensado
ella misma, parece que se apropia algo que no es suyo. Y otras cosas por el
estilo. Madre, yo no sabría explicar tan bien estas cosas si no las hubiese
experimentado en mi propio corazón. Y me gustaría pensar que solo han visitado
el mío, si usted no me hubiese mandado escuchar las tentaciones de sus queridas
novicias. En el cumplimiento de la misión que usted me confió he aprendido
mucho (Ibidem 18v-19r, p. 298-99).
Si alguna vez se me ocurre pensar o decir
algo que les gusta a mis hermanas, me parece completamente natural que se
apropien de ello como de un bien suyo propio. Ese pensamiento pertenece al
Espíritu Santo y no a mí. pues san Pablo dice que sin ese Espíritu de amor, no
podemos llamar Padre a nuestro Padre que está en el cielo. Él es, pues, muy
libre de servirse de mi para comunicar a un alma un buen pensamiento. Si yo
creyera que ese pensamiento me pertenece, me parecería al asno que llevaba las
reliquias, que pensaba que los homenajes tributados a los santos iban dirigidos
a él.
¿Desde cuándo no tiene ya derecho el Señor
a servirse de una de sus criaturas para conceder a las almas que ama el
alimento que necesitan? Y lo tendrá por siempre.
Si el lienzo que pinta un artista pudiera
pensar y hablar, sabría que la belleza que lo adorna no se lo debe al pincel
sino al artista que lo maneja. Madre querida, yo soy un pincelito que Jesús ha
escogido para pintar su imagen en las almas que usted me ha confiado. Un
artista necesita dos pinceles. El primero es el más útil con el que cubre
totalmente el lienzo en muy poco tiempo; del otro, del más pequeño, se sirve
para los detalles.
Madre querida, usted representa el
precioso pincel que la mano de Jesús toma con amor cuando quiere hacer un gran
trabajo en el alma de sus hijas; y yo soy el pequeñito del que luego quiere
servirse para los detalles menores. Le recuerda un hecho de su pincelito del 8
de diciembre de 1892, una época como tiempo de gracias. Cuando entró en el
Carmelo a los 15 años se encuentra con una compañera de noviciado que había
ingresado unos meses antes. Tenía ocho años más que yo, pero su temperamento
infantil borraba la diferencia de los años. La Madre vio que las compañeras se
entendían a las mil maravillas y se hacían inseparables, y la Madre les
permitió que tuvieran juntas, de vez en cuando, algunas charlas espirituales. A
Teresita le encanta por su inocencia y su carácter abierto. Pero le extrañaba
ver cuán distinto era el afecto que ella le tenía a usted del que yo le tenía.
Había otras cosillas. Teresita quería hablarla, pero esperaba pacientemente la
hora que ya Jesús tuviese a bien hacerla llegar.
Reflexionando sobre el permiso que la
Madre les había dado de tener ratos de conversación espiritual para inflamarse
más en el amor a su Esposo Jesucristo, santa Teresita se ha dado cuenta con
tristeza de que esas conversaciones no han alcanzado el fin deseado. Dios le
dio a entender que había llegado el momento de hablar sin miedo, o que, de lo
contrario, había que poner fin a unas conversaciones que se parecía a las de
dos amigas del mundo.
Aquel día era sábado, y al día siguiente
en la acción de gracias pidió al Señor que pusiese en su boca palabras tiernas
y convincentes. o, más bien, que hablase él mismo por mi boca. Jesús escuchó mi
oración y permitió que el resultado colmase ampliamente mi esperanza, pues los
que vuelven su mirada hacia Él quedarán radiantes (Sal XXXIII) y la luz brilla
en las tinieblas para los rectos de corazón, Las primeras palabras se aplican a
mí y las siguientes a mi compañera, que realmente tenía un corazón recto.
Cuando llegó la hora en que habíamos
quedado en encontramos, al poner los ojos en mi la pobre hermanita se dio
cuenta enseguida de que yo no era la misma. Se sentó a mi lado, sonrojada, y
yo, apoyando su cabeza en mi corazón, la dije, con llanto en la voz, todo lo
que pensaba de ella, pero con palabras tan tiernas y manifestándole tanto
cariño, que pronto sus lágrimas se mezclaron con las mías.
Reconoció con gran humildad que todo lo
que le había dicho era vedad, me prometió cambiar y me pidió, como un favor,
que le advirtiese siempre sus faltas. Al final, al separarnos, nuestro afecto
se había vuelto totalmente espiritual, no había ya en él nada de humano.
A mi pobre compañera la prueba le pareció
muy amarga, pero la firmeza que usted usó con ella acabó por triunfar. Le
expliqué en que consiste el verdadero amor, le expliqué como la amaba yo. Le
hice ver que era a si misma a quien amaba y no a usted. Le dije corno la
amaba yo y los sacrificios que tuve que imponerme a los principios de mi vida
religiosa para no encariñarme con usted de manera puramente material. El amor
se alimenta de sacrificios; y cuantas más satisfacciones naturales se priva el
alma, más fuerte y desinteresado se hace el cariño. (Ibidem 21r-21v, p.
302-303)
Sabía de lo difícil que es hacer bien a
las almas, alimentarlas con el verdadero alimento y establecer esta su actitud.
Madre, desde que comprendí que no podía hacer nada por mi mima, la tarea que
usted me encomendó dejó de parecerme difícil. Vi que la única cosa necesaria
era unirme cada día más a Jesús y que todo lo demás se me daría por añadidura.
Y mi esperanza nunca ha sido defraudada. Dios ha tenido a bien llenar mi manita
cuantas veces ha sido necesario para que yo pudiese alimentar el alma de mis
hermanas.
De lejos parece de color de rosa eso de
hacer bien a las almas. De cerca ocurre todo lo contrario: el color rosa
desaparece... y uno ve por experiencia que hacer el bien es tan imposible, sin
la ayuda de Dios, corno hacer brillar el sol en plena noche.... Se comprueba
que hay que olvidarse por completo de los propios gustos y de las ideas
personales y guiar a las almas por los caminos que Jesús ha trazado para
ellas, sin pretender hacerlas ir por el nuestro / (Ibidem 22v, p. 304-305).
P. Román Llamas, ocd. 11 de septiembre de
2022
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