INTELIGENCIA EN PROFUNDIDAD DE TEXTOS BIBLICOS DE LA CARIDAD. SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS (3 de 4)

 


Tratando a las almas he aprendido mucho, lo primero que descubrí es que todas las almas sufren más o menos las mismas luchas, pero, por otra parte, son más distintas unas de las otras que no me resulta difícil comprender lo que decía el P. Pichon: Hay muchas más diferencias entre las almas que entre los rostros.

Por tanto, no se las puede tratar a todas de la misma manera. Con ciertas almas veo que tengo que hacerme pequeña, no tener reparo en humillarme confesando mis luchas y mis derrotas. Al ver que yo tengo las mismas debilidades que ellas, mis hermanas me confiesan a su vez las faltas que se reprochan a sí mismas y se alegran de que las comprenda por experiencia.

Otras dicen: si quieres conseguir algo de mi tendrás que ganarme por el camino de la dulzura, por el de la fuerza no conseguirás nada. Nadie es buen juez en causa propia, y no tardan en reconocer que en ocasiones un poco de acíbar es preferible al azúcar. Y no tienen reparo en confesarlo. A veces vienen a decirme: Tuviste razón ayer al ser tan severa. En un primer momento me sublevó lo que me dijiste, pero luego fui recordándolo todo y vi que tenías razón. Cuando me fui de tu lado, pensé que todo había terminado, iré a ver a la Madre y le diré que no volveré más con sor Teresa. Pero me di cuenta de que era el demonio quien me inspiraba esas cosas. Además, me pareció que tú estabas rezando por mí. Entonces recobre la paz y la luz empezó a brillar. Por eso necesito que me acabes de iluminar, y por eso he venido (Ibidem 23v-24r, p. 306-307).

Si, toda mi fuerza se encuentra en la oración y en el sacrificio; esas son las armas invencibles que Jesús me ha dado y logran mover los corazones mucho más que las palabras. Muchas veces lo he comprobado por experiencia. Pero hay una, entre todas ellas, que me ha dejado una grata y profunda impresión.

Fue durante la cuaresma. Por entonces solo tenía una única novicia, era un ángel. Una mañana vino toda radiante a contarme un sueño que había tenido aquella noche. Estaba con su hermana e intentaba desasirla de todas las vanidades a que está tan apegada. Para lograrlo me puse a explicarle esta estrofa del Vivir de amor: ¡Jesús, amarte es pérdida fecunda! Tuyos son mis perfumes para siempre. Estaba loca de alegría al ver que mis palabras penetraban en su alma. ¿Y si le escribiera después de la Cuaresma contándole mi sueño y diciéndolo que Jesús la quiere toda para Él?

Sí, pero antes tenía que pedir permiso a nuestra Madre. A la Madre sorprendida de tal petición porque el fin de la Cuaresma estaba lejos le pareció prematura la petición y le contestó que las carmelitas no tienen que salvar las almas con cartas, sino con la oración. 

Al conocer su decisión, vi enseguida que era la de Jesús y le dije a María de la Trinidad: Pongámonos manos a la obra, recemos mucho. ¡Qué alegría si al final de la Cuaresma hubiésemos sido escuchadas!

Y ¡oh, misericordia infinita del Señor que se digna escuchar la oración de sus hijos… ¡al final de la Cuaresma, una nueva alma se consagraba a Jesús! Fue un verdadero milagro de la gracia, ¡un milagro alcanzado por el fervor de una humilde novicia! (Ibidem 24v-25r, p. 307-308)

Madre querida, desde que estoy enferma – la trasladaron a la enfermería el 8 de julio de 1897- los cuidados que usted me prodiga me han enseñado también mucho sobre la caridad. Ningún remedio le parece demasiado caro; y si no da resultado, prueba con otro sin cansarse.

Cuando iba todavía la recreación. ¡cómo se preocupaba porque estuviera en un buen lugar, al abrigo de las corrientes de aire! En una palabra, si quisiera contarlo todo, no acabaría nunca.

Pensando en todo esto, me dije a mí misma que yo debía ser tan compasiva con las enfermedades espirituales de mis hermanas, como usted, Madre querida, lo es cuidándome con tanto amor.

He observado (y es muy natural) que las hermanas más santas son también las más queridas. Hay, en cambio, otras almas imperfectas, que se las busca menos y no me refiero solo a las imperfecciones espirituales, pues ni las más santas serán perfectas hasta que lleguen al cielo. Quiero decir faltas de discreción, de educación, de susceptibilidad de ciertos caracteres, cosas todas que no hacen la vida muy agradable.

Sé muy bien que estas enfermedades morales son crónicas y que no hay esperanza de curación; pero sé también que mi Madre no dejaría de cuidarme y tratar de aliviarme, aunque siguiera enferma toda la vida.

Y esa es la conclusión que yo saco: en la recreación y en la licencia debo buscar la compañía de las hermanas que peor me caen y desempeñar con esas almas heridas, el oficio de buen samaritano. Una palabra, una sonrisa amable bastan muchas veces para alegrar a un alma triste (Ibidem 27v-28r, p. 312-313).

 

P. Román Llamas, ocd. 11 de septiembre de 2022

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