Títulos de María: Puerta del cielo


“Janua coeli”, es una advocación que Isabel daba con frecuencia a María en los últimos meses de su vida (R, 17.15). Cuando ya enferma, la llevaban a la galería desde la que pudiera seguir los actos que celebraban en el coro. “En sus brazos llevaba una imagen de la Santísima Virgen, que nunca abandonaba, desde una noche memorable en que mientras proseguía sus soliloquios con el Señor, posó los ojos sobre un cuadro de la Dolorosa pendiente en la pared. Penetrada de honda y dulce emoción, sintió en lo íntimo de su alma un cariñoso reproche que tierna y materialmente le invitaba a recurrir con más filial confianza a su Madre. Sor Isabel confesó que, en efecto, pensaba menos desde hacía tiempo en la Santísima Virgen, pero desde aquel día sintió redoblarse el amor para con su Madre del cielo; y acordándose que tenía una Virgen de Lourdes, junto a la cual en su juventud recibió muchas mercedes, se la pidió a su madre, para que la que había cuidado su ingreso, guardase también el último paso de su vida y en adelante siempre la llamaba Janua coeli”. Así nos cuenta este episodio en los Recuerdos

Refiriéndose a los que serían sus últimos momentos de su vida, la Priora le dijo: “La Santísima Virgen estará allí, ella le tendrá de la mano. Con una madre tan buena no tiene nada que temer”. Isabel responde: “Sí, es verdad, Janua coeli dejará pasar fácilmente a la pequeña Alabanza de gloria. Mas, ¡que solemne es el momento en que me encuentro! ¡Qué impresionante ese más allá! Me parecía que hacía mucho tiempo que habitaba en él y, sin embargo, me es desconocido”.

Impresionada por la solemnidad de la muerte que se acercaba y por el más allá, había escrito en agosto de 1906: “Cuando yo haya dicho mi “consummatum est” (Jn 19,10), será ella Janua coeli, la que me introducirá en los atrios eternos, diciéndome en voz baja las misteriosas palabras: Laetatus sum en his quae dicta sunt mihi, in domun Domini ibimus” (Sal 121,1) (UE XV,41, p.170)

Encomienda a María el último momento de su vida, como ha hecho por todos los instantes de la misma. Desde su tierna edad se había habituado a consagrar su vida a María: “En cada festividad de María, renuevo mi consagración a esta buena Madre. Hoy, (fiesta de la Presentación), por tanto, me he consagrado a ella y una vez más me he echado en sus brazos. Con la más entera confianza la he encomendado mi porvenir, mi vocación” (Diario 2.2.1899)

P. Román Llamas, ocd




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