Modelo de vida (3 de 3)
Al clérigo Chevinard
le escribe: “Durante este mes de mayo le estaré unida en el alma de la Virgen y
en ella adoraremos a la Trinidad. Me ha gustado mucho lo que me dice en su
carta sobre la Virgen. Le pido que, ya que vive tan cerca de ella, le pida un
poco por mí. Yo contemplo también mi vida de carmelita en esta doble vocación:
virgen-madre. Virgen, desposada en la fe con Cristo; madre salvando las almas,
multiplicando los hijos adoptivos del Padre, los coherederos con Jesucristo”
(Cta 199 p.101-8)
Una de las
afirmaciones referidas a María que más ha seducido al Carmelo como expresión de
la propia vocación y que ha sido objeto de optimas reflexiones es la de que
María conservaba todas estas cosas y las guardaba en su corazón. “Toda su vida
puede resumirse en estas pocas palabras. Vivía en su corazón con tanta
profundidad que la mirada humana no podía seguirla” “Ella es lo indecible, es
el secreto que guardaba y meditaba en su corazón (Lc 2,19) que ninguna lengua
ha podido revelar, ninguna pluma traducir. Esta Madre de gracia va a formar mi
alma, para que su hijita sea una imagen viva, expresiva de su primer Hijo (Lc
2,7), el Hijo del Eterno. Aquel que fue la perfecta alabanza de gloria del
padre” (UE, 1,2) María aparece como la que le enseña a vivir su más alto ideal,
reproducir la imagen de Jesucristo, vivir en su alma la Encarnación del Verbo,
ser una humanidad suplementaria para Él, donde renueve todos sus misterios.
P.
Román Llamas, ocd
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